Colaboración para documental homenaje a Juan Gelman

Mi nombre es Ticiana Ghiglione y, al igual que much@s de vosotr@s, siento admiración por Juan Gelman, por su obra y por su lucha. Es por ello que estoy trabajando en un corto homenaje y necesito material audiosisual para llevarlo a cabo. Me sirven fotografías suyas, vídeos y sonido. Os agradecería vuestra colaboración si contáis con material de vuestra autoría que sirva para el homenaje, por descontado se citará al autor/ de las imágenes en los créditos. Os dejo mi correo para que podáis contactar conmigo: tgdarriba@hotmail.com Muchas gracias!

No le des bola a nadie

Me acaban de avisar, Juan, de sopetón, así que no hay más que hurgar en lo más íntimo. Hace unos días, exactamente el viernes 3, te pregunté por mail “¿qué onda, Juan?”, y ese mismo día me contestaste que te acababan de descubrir “un cáncer naciente y primario en los pulmones”. ¿Eso de “naciente y primario” era una licencia poética? Sí, una licencia, pero, como en todas las circunstancias, con lo licencioso nada que ver. Por eso, al día siguiente, con la fresca, te contesté: “En estas circunstancias de cáncer naciente y primario, debés estar harto de que te den consejos, amén de pinchazos, catéteres, análisis y demás vanidades hipocráticas… Así que, por esta única vez, por ese nosotros que somos aun en la más perra soledad, con o sin tu permiso, te añado un solo consejo de mi propia cosecha: no le des bola a nadie y dejate llevar por tu más entrañable sensatez poética, con esa sonrisa del corazón que sólo despierta la gente que querés y te quiere”. Me olvidé en ese momento de escribirte lo que ahora añado: “no le des bola a nadie”… ni siquiera a la muerte. Juancito Caminador y el Viejo Contrabandista nunca dejarán de brindar: “¡Salud y RS!”.

PD: Un abrazo inmenso, Mara, inmenso casi como el dolor mismo…

Por Alberto Szpunberg para Página12

Las voces de Juan

La noticia me trae el recuerdo de aquellas lecturas de los setenta. De las ediciones dirigidas años antes por Carlos Alberto Brocato y José Luis Mangieri (Colección de Poesía La Rosa Blindada) publicada en los sesenta y que yo conocería después. Con tapa, por supuesto, de Carlos Gorriarena. Los libros que vendrían, la posibilidad de saludar y de conocer al poeta por circunstancias diversas, nunca con una relación intensa, pero siempre con admiración y afecto. Las obras posteriores, su vuelta a la Argentina, las lecturas y los libros imprescindibles: Cólera Buey, Velorio del solo. Y los que seguirían Com/posiciones, Carta a mi madre, Valer la pena… Mundar y el último Hoy, que presentó en la Biblioteca Nacional el año pasado. Tuve la fortuna de estar entre el público aquella tarde de agosto, si no me equivoco. El lujo y el goce de escuchar una voz inconfundible y una manera inigualable para decir la propia voz. La del desgarro, la de la pasión, la del guiño y la ironía, la esperanza y la fuerza inclaudicable. Se sentía la vibración de un público que reconocía a “su poeta”, el que había estado en el exilio, con demasiados años para poder volver, el que vibraba en su propia voz acompañada por su propia historia, poética y personal, dramática e intensamente vivida. El que había marcado a las siguientes generaciones de poetas de manera que como un amigo decía “no sé si tiene conciencia de su importancia entre nosotros”. Era Juan Gelman otra vez entre nosotros. Lo vi tan avejentado como apasionado, tan el de siempre como nuevo. Presentaba un libro cuyo título marcaba toda una permanencia y una gran memoria: Hoy.

Salí de la Biblioteca Nacional lleno de voces, las anteriores (hizo un recorrido generoso por sus poemas de siempre) y por las nuevas. Demostrando su indeclinable permanencia. Llegué a casa y le dediqué un pequeño texto, que no hacía más que recoger sus propias palabras y devolvérselas con el afecto y gratitud. Aquello decía:

“juan

Ese poeta se parece a la palabra siempre. Desde su letra salen voces, como memorias donde guardar los rostros. Está instalado en todos los costados, podemos pasar la vida tendidos en su canto. Moverá nuestras bocas y por siempre cantará en los violines, los solos, los muertitos de la patria”.

Por Alejandro Archain para Página12

Liberar la lengua poética

La verdad es que a Juan Gelman, por muchos motivos, se le puede reconocer una importancia poética que muy pocos alcanzaron en toda la poesía en español. Un aspecto es que de Gelman se puede decir que liberó a la lengua poética, le permitió hacer sus propias búsquedas en función de sus propias necesidades y de una manera muy personal, que es muy argentina también. Por otro lado, la otra característica es la actitud de búsqueda permanente de salir a encontrar algo siempre; el decía que a la poesía nunca se la alcanza, porque la poesía es un misterio y eso lleva al poeta a romper con lo que se está haciendo y a ir hacia otras cosas, lo que lo lleva a hacer una poesía más jugada, a andar por caminos insospechados.

Esa actitud jugada la tuvo en la vida y en la poesía. Y eso, en la poesía, la volvía política aun en los poemas que no eran de temática política. Aunque también lo llevaba a incluir lo político, claro. Y en su condición humana, Juan era una de las personas más educadas, amables y gentiles que conocí en mi vida. Tenía un trato sobriamente afectuoso, lo que lo volvía un tipo seductor, daban ganas de estar con él al mismo tiempo que imponía respeto, pero siempre encontraba la manera de romper la solemnidad con algún gesto de humor, alguna frasecita. Al mismo tiempo que podía ser muy duro y muy irónico, cuando la situación lo ameritaba. Era muy inteligente y apasionado, pero capaz de mirar las cosas con distancia. Para mí, un libro clave de él, donde rompe con toda la poesía que venía haciendo y pasa a hacer algo totalmente nuevo, por lugares donde nadie pudo ir, es Cólera Buey, pero particularmente la que más me gusta es su poesía más difícil, la más desafiante, que hizo en los últimos diez o quince años. Y cada libro me gustó más: creo que su último libro, Hoy, reclama un lector capaz de jugarse tanto como el autor para leerlo, para encarar la aventura espiritual que propone.

Por Daniel Freidemberg para Página12

Lo que no se rompe

Querido juan, has muerto finalmente, decía el poema de Gotán en 1962. Pero la muerte ignoró la discreción del que escribía su nombre con minúscula. Y, sin duda seducida por la pinta del varón, visitó a Gelman desde entonces, con asiduidad. Lo primero que hizo –para marcarle la cancha, obvio– fue robarle el adverbio. Se encanutó el finalmente durante medio siglo, mientras a su alrededor todas / todos / todo parecía caer para ya no levantarse. Pero Gelman perseveró. Hay ciertas cosas (por ejemplo, una palabra) que bien valen la espera de toda una vida.

Pocas personas más familiarizadas con la muerte que Gelman. Y sin embargo, cuando llegó la suya –finalmente– pegó como un rayo. En la confusión del que se recuesta contra las cuerdas, la noción a la que me aferro es simple: Gelman como el paradigma de la experiencia argentina del último siglo. Piénsenlo. El origen en la familia inmigrante. La asunción de la naturaleza contradictoria de nuestro país, en su condición bifronte de poeta / periodista. El proceso de acercamiento al peronismo que tantos siguen hallando inexplicable, ¡cuando es tan simple! El dolor interminable de la madre que se le murió cuando estaba exiliado, tan lejos a la fuerza, y de los hijos que le mataron cuando los tenía tan cerca. La búsqueda inclaudicable de justicia. (Hay cosas que valen la pena la espera de una vida.) Y la flor que el agua devuelve después de haberse llevado todo, en la piel de su nieta Macarena. A esa altura la muerte se había rendido: lo había desvalijado y Gelman seguía poemando, con la capacidad de indignarse todavía intacta. (¡Cómo voy a extrañar sus contratapas!) No se puede decir que haya engañado a nadie: aquellos versos del ’62 avisaban ya que su rabia era inmortal.

Este país-Saturno ama quebrar a sus hijos, para después zampárselos. Pero Gelman, que había sufrido lo que no sufrieron nunca los que nos entregaron por treinta dineros, no se rompió nunca. Cuando pienso en él, la palabra que no pierde sabor por mucho que la mastique es dignidad. Linda palabra. Una figurita difícil que hacía parecer fácil, porque la vestía como si se la hubiesen cortado a medida. Y aunque su voz se llenó de cenizas y el rostro se le volvió un mascarón de proa tallado por el infortunio, no perdió la elegancia. Hasta que la muerte entendió que no aceptaría sus términos y, vencida, le regaló su finalmente.

Alguna vez contó que había empezado a escribir poesía, como tantos otros, para enamorar a una chica, y que esta piba lo había dejado pagando (¡como él a la muerte!), pero que en la transacción había conservado la poesía. Me pregunto si, de igual modo, la experiencia argentina que nos tocó vivir no habrá valido la pena. Porque nos quitó tantas cosas, que parece que no mereciésemos ni el flaco perdón de Dios; pero –mirá vos, cómo son las cosas– nos dejó a Gelman, el flaco de la dignidad inmortal. Y eso no es, ni será nunca, poca cosa.

por Marcelo Figueras Escritor y guionista para Página12

Se murió Juan, murió el poeta

Ay sí, digámoslo: lo primero es la desolación, el miedo, el dolor.

Se murió Juan, el poeta. El más grande de todos, el de Violín, el de Gotán, el que nos enseñó a gozar de los diminutivos para la sonoridad contundente de versos inolvidables.

Juan el militante, el que luchó toda su vida por principios que muchos compartimos. Y así encontró una nieta que era, es, un poco hijo, hija, una vida que tiembla, seguro, ahora mismo en Montevideo.

Juan el amigo, el entrañable puteador que se enojaba cuando uno le decía que no fumara, que la cortara con los puchos. La última vez hace poco, en Brasilia, entre cenas y conversaciones interminables como las madrugadas y el calor. Esa noche se fumó más de medio paquete, y yo, pensando que a Soriano ya se lo había llevado el tabaco, le dije que no jodiera más con el pucho. Me retrucó que no jodiera yo, que era un converso y esos son los peores. Y me miró enojado. Y enseguida se rió como se reía Juan, un poco a lo niño, celebratorio de sus propias ocurrencias.

Y también déjenme decir lo primero que sentí: me cago en la puta que la parió a la Parca. Lo dije, y disculpen pero es lo más profundo y sincero que puedo decir ahora porque, también debo decirlo, hoy fue un día de mierda porque esta mañana se murió otro amigo, de nombre Marcelo, no un gran poeta, pero un flor de tipo. Y a las nueve de la noche esta noticia que paraliza, vamos, el doblete es demasiado.

Nos vimos mucho últimamente y siempre tan bien, tan ocurrente y jodón, y tan bien plantado en sus ideas y principios. Deja helado esta noticia canalla, ante la que uno sólo puede hacer lo que hacemos nosotros, los periodistas, los escribidores: contar lo que sucede. Y si lo que sucede es que se murió Juan Gelman, caramba, entonces conjeturemos: ¿Y mañana qué? ¿Cómo haremos para levantarnos y mirar el cielo y pensar en México, su otra patria, su otro entrañable territorio que lo acogió como a mí, como a tantos y tantas de nosotros? ¿Y cómo vamos a leer poesía de ahora en adelante, si ya no va a estar Juan?

Denme una idea de tiempo y medida, porfa, y me pongo a escribir ahora mismo. Eso les dije a los colegas del diario hace un ratito, casi ya las once de la noche y medio lagrimeando. ¿Qué otra cosa hacer sino ponernos a escribir, en homenaje al escriba más grande que teníamos? Yo lo conocí hace como cuarenta años, en la redacción de la revista Panorama. Juan ya era un prócer del oficio, y de la información internacional, y ya entonces daba poca bola. Fumaba a lo bestia, eso sí, pero qué íbamos a pensar, en aquellos tiempos en que nos sentíamos eternos, en los daños del pucho. Y a la poca bola le sumaba ese hablar medio cantadito, como de quien se hamaca en las palabras y eso porque era poeta. Pocos lo sabían, entonces. El culto a su obra vino después, pero la poesía de Juan ya era enorme porque nació enorme.

Durante el exilio no fuimos amigos. No nos dábamos bola, como nos pasó a muchos; eran los tiempos de las diferencias, que también suelen ser un modo de las construcciones. Después vinieron los acercamientos. Por terceros amigos, por gente querida que nos era común y que nos sigue uniendo. Y después fue un largo vino tinto una noche en Buenos Aires, los dos coincidiendo en cuánto amábamos esa ciudad que sin embargo habíamos abandonado. Y después los viajes, su departamento de la Colonia Condesa en el D. F. mexicano, alguna noche inolvidable de whiskies con picada argentina, y después Madrid, y más luego Frankfurt, y Brasilia, y Resistencia, a la que nunca pudo venir, pero siempre me decía que tantas veces había querido que era como que ya había estado.

Cierto: esta nota es berreta. Por el dolor quizá, por la prisa del cierre. Y porque cuando muere un amigo duelen hasta las palabras que uno encuentra y ni se digan las que somos incapaces de encontrar. Y cuando se muere un poeta que además es el Poeta Mayor de nuestra República, qué palabras va a encontrar uno.

Todo es dolor en esta hora. Dicen que se murió Juan, y entonces qué sé yo qué decir, si la verdad es que en este momento en que despacho esta nota por mail a mí me duele todo.

Descansá en paz, Maestro. Ninguna palabra sonará igual después de vos, querido Juan.

Por Mempo Giardinelli para Página12