Fue más o menos así el proceso en la Casa Blanca ante los hechos de Egipto. Del silencio inicial cuando se desataron, el 25 de enero, a la urgencia de que Mubarak se vaya now que el portavoz de Obama, Robert Gibbs, expresó el miércoles 2 de febrero, pasaron casi 400 muertos y miles de heridos. El día anterior el mandatario estadounidense había expresado la necesidad de que la situación se resolviera now y Gibbs explicó en qué consistía ese “ahora”: “Quiere decir ayer” (//blogs.abcnews.com, 2/2/11). Enfatizó que no se podía esperar a las elecciones de septiembre para que “la transición” –es decir, la salida de Mubarak– se llevara a cabo: “El pueblo de Egipto no quiere ver nombramientos, no quiere escuchar discursos, quiere que el gobierno tome medidas concretas… es lo que el mundo espera”.

Un funcionario que guardó el anonimato detalló a la cadena ABC la marcha de las posiciones de Washington y de las consiguientes presiones al Cairo: “Cambiaban cada doce horas. Primero fue ‘negociar con la oposición’, los acontecimientos lo superaron, luego fue ‘una transición ordenada’ y los acontecimientos lo superaron, a esto siguió ‘Mubarak y su hijo no pueden gobernar’ y ahora es ‘el cambio debe comenzar ahora’. Tuvimos que acelerar el paso según lo requerían los sucesos”. La resistencia egipcia terminó con la larga siesta de EE.UU.: sostuvo durante 30 años a un régimen que no admitía oposición política, practicaba la tortura, la ejecución sumaria, otras formas represivas y no se distinguía mucho del que implantó Saddam Hussein. Asciende a más de 60 mil millones de dólares la “ayuda” económica y sobre todo militar que le prestaron estos “defensores de la libertad y la democracia” (www.salon.com, 2/2/11).

El giro de 180º desesperó a Israel. El presidente Shimon Peres había afirmado que su gobierno tenía “un gran respeto” por el dictador egipcio y hasta acusó a Obama de “traidor” a Mubarak por apoyarlo tibiamente y pedirle algunas reformas (www.reuters.com, 31/1/11). Estas eran modestas y aun imprecisas: P. J. Crowley, portavoz de Hillary Clinton, había subrayado el papel estabilizador que Egipto jugaba en la región y reconoció que “Egipto, Túnez y otros países necesitan efectivamente reformas, responder a las necesidades de sus pueblos, y alentamos y contribuimos a esas reformas en toda la región” (//mondoweiss.net, 27/1/11). En su discurso a la nación de un par de días antes, Obama mencionó a Túnez, pero a Egipto no, aunque ya se había iniciado la explosión.

Nada apaciguó a las autoridades israelíes: el Ministerio de Relaciones Exteriores envió cables urgentes a sus embajadas en EE.UU., Canadá, China, Rusia y varios países del Occidente europeo con la orden de demandar a sus gobiernos que defendieran a Mubarak y de expresarles que la realización de elecciones libres en Egipto podría tener “consecuencias muy graves” para los demás gobernantes –es decir, dictadores– de la región. “Los estadounidenses y los euro- peos se dejan arrastrar por la opinión pública y no toman en cuenta sus propios intereses”, asestó un alto funcionario en Tel Aviv (www.haaretz.com, 31/1/11). Claro: ¿desde cuándo las voluntades de la opinión pública y las elecciones democráticas prevalecen sobre los intereses creados?

Otra prueba de la voluntad democrática israelí: el primer ministro Benjamin Netanyahu, a regañadientes y empujado por la mudanza de los vientos de la Casa Blanca, accede ahora a la realización de comicios en Egipto, sólo que con condiciones impuestas al gobierno eventualmente electo, entre otras, el mantenimiento del Tratado de Paz de 1979. Pero advirtió que las elecciones podrían abrir el camino al establecimiento de “un régimen fanático, religioso, opresivo” (www.monstersandcritics.com, 2/2/11), el mismo fantasma convocado por Mubarak para reprimir. Netanyahu llega tarde: la Casa Blanca está reevaluando su actitud hacia la Hermandad Musulmana –que Mubarak prescribió y que puede obtener una tajada importante de poder si las elecciones son limpias– y admite que un nuevo gobierno egipcio debería “incluir un amplio espectro de actores no laicos” (www.was hingtonpost, 2/2/11).

Mubarak sigue aferrándose al cargo y matando, hiriendo y deteniendo a opositores y periodistas extranjeros mientras se redactan estas líneas. Las protestas populares en Túnez y Egipto han obligado a autócratas vecinos como el rey Abdullah II de Jordania, Alí Abdullah Saleh, presidente de Yemen, y otros del mundo árabe a poner las barbas en remojo. Todos gozan de la ayuda militar y el apoyo político irrestricto de EE.UU. y la Casa Blanca todavía no despierta de “la siesta” con que sostiene a otros dictadores que se eternizan en el poder: Islam Karimov, presidente de Uzbekistán desde 1991 gracias a la dura represión contra sus opositores; Gurbanguly Berdymujamedov, presidente de Turkmenistán, cuyas violaciones de los derechos humanos se detallan en el informe del Departamento de Estado de 2009; Teodoro Obiang Nguema Mbasogo, presidente de Guinea Ecuatorial desde 1979, que Condoleezza Rice calificó de “buen amigo de EE.UU.”. Y aun otros.