Juan Gelman

Saúl Ibargoyen pertenece a la estirpe de los poetas verdaderos, una especie mucho menos abundante de lo que el número de libros de poesía en circulación y la crítica de ciertos críticos permitirían suponer. Es un poeta original y, en consecuencia, suele padecer el embate del silencio que le dedican quienes están afiliados a lo novedoso y no atienden a lo sustancial. Es también un escritor empecinado: ha publicado más de 40 títulos de poesía, cuento, novela y antologías de otros autores, ha traducido al español a escritores portugueses, brasileños, algún francés.

juan y saul ibargoyen

Este uruguayo de Montevideo, nacido en 1930, ha sabido autopresentarse así: “La poesía lo alcanzó poco antes de la pubertad y comenzó a condicionarlo a partir de los 17 años”. Lo cual no le impidió desarrollar actividades de todo tipo, como —dice él— “jugar fútbol y basquetbol, asistir a bailes en locales dudosos, beber alcohol de alta graduación y baja calidad, soñar con viajes que empezarían en Buenos Aires y luego, al cabo de aviones, exilios, emigraciones, etc., lo llevarían por 20 países”. México le resultó ser el principal. Aquí vivió como asiliado político de 1976 a 1984, y a México, D.F., regresó luego de una breve estancia en su país. Ha transitado actividades sindicales (dos veces presidente de la Asociación de Escritores del Uruguay), culturales (incluso por radio y TV), políticas y periodísticas. Hoy es jefe de redacción de la revista Plural…

Su profundo amor por México es el telón de fondo de El poeta y la niña, este libro de poemas de amor llenos de carne y sangre que aparece en una época de literaturas frías, pensamiento débil y filosofías blandas; esos poemas muestran que no todos han abdicado de la pasión. “Ahora respiro de tu boca profunda/de piel abierta/que viene de otra piel/de tu pelo escondido/como la voz de una sombra”. Así comienza un conjunto de poemas cargados de interrogantes y asediados por el paso del tiempo.

Decía Antonio Machado que el poeta no cantaría sin la angustia del tiempo, sin esa fatalidad de que las cosas no sean para nosotros todas a la par “sino dispuestas en serie y encartuchadas como balas de rifle, para disparadas una tras otra”; y subrayaba hasta qué punto la poesía es en el tiempo y hasta qué punto es necesario “reforzar la temporalidad del verso”. Temporalidad, ni circunstancia ni ocasión. Dice Ibargoyen: “Pero nadie se baña/dos veces en la propia / salsa original / nadie absorbe de idéntico oxígeno / con igual pulmón / nadie devora su cena cotidiana / con el diente que comió / debajo del primer sol / …porque ningunos labios humanos / pueden besar más de una vez / la tenue boca la quebrada boca / …que en la boca de esos labios / con otras agrias húmedas se repite”.

El tiempo del amor convoca inexorablemente el perecedero de la vida, la idea de la muerte, entonces, y también —como contrapartida— la idea del pasado que nos escribe el presente, de ese otro tiempo en este tiempo. “¿Qué recuerdos del placer/ son también el placer de hoy / …qué quejosas respiraciones vuelven / a hablar con tu voz / en tu voz?”, pregunta Ibargoyen. A quien no abandono esta conciencia: “el peso / de las sombras vacías / y el espacio / de las ateridas palabras lastiman / cada hueso que simplemente envejece / entre olores de amor / y de sopa evaporada”, Así destaca la invisibilidad de lo visible. Y dice: “El tiempo —es decir/el íntimo espacio de alguna sombra/ que te expulsa y te contiene”. En esos versos acuña Ibargoyen la paradoja central del existir.

Esas comprobaciones lo llevan a encontrar con más enjundia “los trabajos / de la sabrosa saliva” o la “pierna que discurre / con lentitud de agua acariciada”. Ibargoyen encuentra mucho más porque, en definitiva, “se trata casi siempre/ de soñar”.

El poeta y la niña. Universidad A. de Cd. Juárez, Cd. Juárez, 1993, 32 pp.