La verdad es que a Juan Gelman, por muchos motivos, se le puede reconocer una importancia poética que muy pocos alcanzaron en toda la poesía en español. Un aspecto es que de Gelman se puede decir que liberó a la lengua poética, le permitió hacer sus propias búsquedas en función de sus propias necesidades y de una manera muy personal, que es muy argentina también. Por otro lado, la otra característica es la actitud de búsqueda permanente de salir a encontrar algo siempre; el decía que a la poesía nunca se la alcanza, porque la poesía es un misterio y eso lleva al poeta a romper con lo que se está haciendo y a ir hacia otras cosas, lo que lo lleva a hacer una poesía más jugada, a andar por caminos insospechados.

Esa actitud jugada la tuvo en la vida y en la poesía. Y eso, en la poesía, la volvía política aun en los poemas que no eran de temática política. Aunque también lo llevaba a incluir lo político, claro. Y en su condición humana, Juan era una de las personas más educadas, amables y gentiles que conocí en mi vida. Tenía un trato sobriamente afectuoso, lo que lo volvía un tipo seductor, daban ganas de estar con él al mismo tiempo que imponía respeto, pero siempre encontraba la manera de romper la solemnidad con algún gesto de humor, alguna frasecita. Al mismo tiempo que podía ser muy duro y muy irónico, cuando la situación lo ameritaba. Era muy inteligente y apasionado, pero capaz de mirar las cosas con distancia. Para mí, un libro clave de él, donde rompe con toda la poesía que venía haciendo y pasa a hacer algo totalmente nuevo, por lugares donde nadie pudo ir, es Cólera Buey, pero particularmente la que más me gusta es su poesía más difícil, la más desafiante, que hizo en los últimos diez o quince años. Y cada libro me gustó más: creo que su último libro, Hoy, reclama un lector capaz de jugarse tanto como el autor para leerlo, para encarar la aventura espiritual que propone.

Por Daniel Freidemberg para Página12