Juan Gelman

Nos reúne hoy un hecho poco usual en estos tiempos: la presentación de un libro de verdadera poesía. Porque {aunque cada tanto traicione a la grey incurriendo en la prosa, excelentemente por lo demás) Saúl Ibargoyen es un poeta, un poeta de verdad, mercadería que no abunda en ninguna parle del mundo. Basura y más poemas es “una voluntad de distinta palabra —tomo palabras del autor— que nada tiene que ver con “confundidos verseadores del esfunado trópico dariano” no con “la triste mentirología de arrugados poetas estatuarios”. Nada que ver. Estas son “palabras escritas con intención de sangre”.

El poeta dice en el prólogo dirigido al lector que su libro tal vez fue producto de la necesidad de esclarecer hasta el hueso lo que suele llamarse destino. Su destino. Un destino personal y colectivo que en estos poemas se manifiesta con desesperación a la intemperie y palabra de carnada, pero nunca desolada. Se encuentran aquí huesos difíciles, arroces descompuestos, tetas de cuero confuso, pezones de trapo alucinado, cobijas cagadas por la muerte, viejos perros totalmente entristecidos, sucios ladrillos de silencio, jugos de verdadero morir, y cuanta sangre fue quemada al encontrarse con su destino sudamericano. En este libro las palabras son piedras. “Las tozudas palabras —cito— se incendian y retuercen: /ya nunca volverán/a llorar”.

Este libro tiene la trama de luchas, exilios, olvidos y memorias del poeta. Pero esa trama no consiste en la sucesión de los poemas, sino en la profundidad del material escrito. El problema del destino se plantea esencialmente como problema del lenguaje de la poesía y el poeta lo resuelve sin salir del dominio del lenguaje de la poesía. Nada más lejos de esa “gestualidad” que procura atraer la atención y el éxito fácil, es decir, esa poesía gesticulante y exhibicionista de la forma que se sirve exteriormente de sí misma para darse a conocer.

En cambio, se encontrará en este libro un lenguaje de limpidez espléndida que no habla del dolor sino que duele, que desde su “hueserío masticado” —como dice el autor—esperanza aunque no menciona a la esperanza. Se torna aquí realidad el consejo de Huidobro: “No cantéis a la rosa, oh poetas. /Hacedla florecer en el poema”.

“Porque toda palabra —dice Ibargoyen— es un idioma sin término / un sistema de olores gestándose / una sola voz soltando / sus plumas oxidadas / su estrecho sabor/de desmenuzadas zanahorias”.

Este libro de versos sorprendentes y tan hondos —”en cada calle/está la tumba de mi padre”, dice, y también “ese olor de hombre que se niega/a la cortadura mortal”, y tantos otros cuya cita completa sería el libro entero—prueba, porque es poesía verdadera, que el verdadero tema de la poesía es la poesía. La poesía que en Basura y más poemas muestra su virtud: revelar lo que la palabra calla y mostrar su infatigable persecución de la belleza, de la “tiji” de la que habla Aristóteles como encuentro hijo del azar y la dicha.

Se trata de perseguiré! milagro. Decía Dylan Thomas que nadie trabaja en el ardiente oficio de la poesía si no es en busca del milagro. Lo milagroso que tienen los milagros —decía Chesterton— es que efectivamente a veces se producen. Por ejemplo, este milagro:

Acepta pues que en esto así sigamos
el viento tendrá un sitio
en nuestras manos
ese impulso del aire desatado
que las banderas suelen respirar.
Autor del milagro: Saúl Ibargoyen.

(Texto leído el día 3 de diciembre de 1991 en el Museo Mural “Diego Rivera”, Ciudad de México, en la presentación de Basura y más poemas, UAEM, Toluca 1991,121 pp.)