Palabras pronunciadas por el poeta Juan Gelman al recibir el Premio Iberoamericano Ramón López Velarde 2004

Deseo, ante todo, expresar mi profundo agradecimiento al jurado del Premio Ramón López Velarde, así como a las autoridades del Estado y la ciudad de Zacatecas y a todos los que hacen posible esta honrosísima distinción. La recibo conmovido por no pocas razones: por el poeta que le da nombre, por el muy distinguido jurado que lo otorga, por los grandes poetas y escritores que antes lo merecieron y porque por primera vez, en atención a su calidad de premio Iberoamericano, se concede a alguien no nacido en México. Entiendo que es, en realidad, un reconocimiento a la poesía que surge de esa lengua de la que Ramón López Velarde sigue siendo ciudadano, un reconocimiento a quienes –famosos o desconocidos– insisten en el afán de dar palabra al centro de sus obsesiones, aun sabiendo que no hay centro y todo es intemperie. En su nombre lo recibo y lo dedico a quienes bien podrían hoy estar aquí y en mi lugar.

DIJE NO NACIDO EN México en vez de decir extranjero y así es. No estoy avecindado o exiliado: hace mucho que elegí esta tierra para vivir el tiempo que me resta. Mexicanos, argentinos, latinoamericanos, todos somos habitantes de los mismos dolores y esperanzas, los mismos sueños de justicia, la misma y grande patria íntima, padecida en los huesos. Puse aquí casa en mi casa.

TENÍA OCHO O NUEVE años cuando escuché versos de López Velarde por primera vez. Corrían los finales de la década de 1930 y eso fue raro: aunque no escapa al interés de los círculos académicos, el poeta jerezano es poco conocido en la Argentina, poco publicado, mucho menos entonces todavía. La Guarrochena, mi maestra de tercer grado, nos leía sus poemas. No recuerdo cuáles, tenían palabras extrañas para mí y sólo guardo en la memoria del oído, ¿o la construí después?, una especie de música alterada. Lo que no olvido es la pasión con que esa maestra tan estricta nos leía. En los años cincuenta me encontré con Zozobra, que me deslumbró. Conocía ya mi Amado Nervo, pero me sentí mucho más cerca del apetito de pupila famélica de López Velarde, de la fugacidad de sus tardes, la fragilidad de sus otoños, el loco vértigo de su rosa contrita. Poco antes había leído a César Vallejo y siempre los encontré medio parientes, panaderos del mismo pan que en la puerta del alma se nos quema.

¿Y QUÉ PUEDO agregar a lo que Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, José Emilio Pacheco, Marco Antonio Campos, José Luis Martínez y otros grandes poetas, escritores e investigadores mexicanos dijeron de López Velarde? Se lo considera el primer postmodernista, el primer poeta moderno de México, un anticipador de la vanguardia. Aprendí mucho de esos trabajos necesarios y brillantes. Confieso que de todas las definiciones, prefiero la de Hugo Gutiérrez Vega: López Velarde es el padre soltero de la poesía mexicana.

SOY CONSCIENTE DE MI ignorancia taxonómica y pido disculpas por ello. No sé, por ejemplo, a qué escuela o movimiento literario perteneció el autor anónimo del poema que sigue, creado hace unos veinticinco siglos en China y uno de los primeros de su tradición oral recogidos por escrito. Se llama “El pastor”:

Es madrugada.
Cae la nieve silenciosa
sobre el ganado que duerme.
Él está a diez mil li de su amada.
Ella cose paciente junto al fuego.
Él escucha el sonido de sus tijeras
bajo la noche profunda.

Tampoco sé en qué categoría incluyeron sus contemporáneos a Guido Cavalcanti, que en el siglo xiii empezó un soneto así:

¿Quién es ésta que viene y todos miran
y hace temblar de claridad el aire?

Más allá de escuelas, grupos y generaciones, sólo Cronos, como dijo Ezra Pound, decide quién queda de pie en la memoria y la tradición de la poesía del mundo. El anónimo chino, Cavalcanti, López Velarde, allí están. Es todo lo que sé.
LOS POEMAS POLÍTICOS o cívicos son hoy calificados de cuasi delitos por quienes no entienden que el único tema de la poesía es la poesía y que por eso puede hablar de todo, incluso de política. Pensaron que así era Arquíloco y Ovidio y Catulo y el Dante y Shakesperare, para dar ejemplos prestigiosos. Ya dijo Poe que cualquier realidad es poética si pasa por la imaginación. Por la imaginación de López Velarde pasó la patria y salió suave, lejos de los discursos oficiales, porque esos discursos suelen estar lejos de la patria. En 1910 se celebró en la Argentina, como en otros países latinoamericanos, el centenario de la independencia de España. No faltó la voz de los poetas. El gran Rubén Darío escribió un “Canto a la Argentina” en el que puede leerse:

¡Buenos Aires, amada ciudad,
el Pegaso de estrellas herrado
sobre ti vuela en vuelo inspirado!
Oíd, mortales, el grito sagrado:
¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!

Los últimos dos versos pertenecen al himno nacional argentino y en ellos resuena la voz altisonante del Estado. Y léase “A la patria” de Leopoldo Lugones, con quien dicen que López Velarde tiene deudas:

Patria, digo, y los versos de la oda
como aclamantes brazos paralelos
te levantan Ilustre, Única y Toda
en unanimidad de almas y cielos.

Como si la patria no estuviera hecha de pluralidades, diferencias, pobrezas insultadas por la soberbia del poder y por la impunidad de un puñado que explota su riqueza. Las de Darío y Lugones son patrias más llenas de grandilocuencia que de gente.
Entre ellos y López Velarde pasó la Revolución mexicana, la primera de verdad en el siglo de atrás, y amo la blusa corrida hasta la oreja y la falda bajada hasta el huesito de la patria de Ramón, las miserias sonoras de sus mujeres que a las seis de la mañana la llenan de aroma y lujo mientras él bebe un vino negro para mojar su íntima tristeza reaccionaria. Es la misma tristeza que hoy sentimos ante un mundo de guerra, matanzas y genocidios por hambre. Este “pecador vulgar” nos habla de nosotros. Su belleza consuela y abriga.