Cansado (“Nunca estuve tan solicitado, excepto por mi mujer”), pero conmovido y feliz, el columnista de Página/12 destaca la significación del premio “en tiempos tan antipoéticos”, aunque subraya que “mi confianza en la poesía es independiente de los premios”. El jurado presidido por Víctor García de la Concha afirmó que la obra de Gelman “enriquece las letras españolas”.

Cansado (“Nunca estuve tan solicitado, excepto por mi mujer”), pero conmovido y feliz, el columnista de Página/12 destaca la significación del premio “en tiempos tan antipoéticos”, aunque subraya que “mi confianza en la poesía es independiente de los premios”. El jurado presidido por Víctor García de la Concha afirmó que la obra de Gelman “enriquece las letras españolas”.

Orgullo y resistencia. Un acto de justicia poética para una voz indomable y compañera que “vuelve íntimo todo lo que toca”. Aunque esa voz suena emocionada y está cansado de tanto hablar, Juan Gelman atraviesa con un tono bajito y con mucha calma la distancia entre la ciudad de México, donde reside, y Buenos Aires, siempre con ese humor afilado, travieso e irónico. El teléfono no para de sonar, a veces lo atiende su asistente, Rosalía; otras, el propio poeta, “el pibe taquito”, como lo llamaban sus amigos de Villa Crespo. “Nunca estuve tan solicitado, excepto por mi mujer”, bromea el flamante ganador del Premio Cervantes, considerado el más importante en las letras hispanas y que concede el Ministerio de Cultura de España en reconocimiento al conjunto de la obra de un autor.


Cuando se le transmite que muchos recibieron la noticia como si hubiera ganado un familiar, como si fuera “nuestro” padre, el poeta responde: “Quizá soy un padre espiritual”. Después de una ardua deliberación entre una treintena de candidatos, los miembros del jurado, presidido por el director de la Real Academia Española (RAE), Víctor García de la Concha, decidieron otorgar por mayoría a Gelman el “Nobel español” porque el conjunto de su obra “enriquece las letras españolas”, según declaró De la Concha. “Creo que es un reconocimiento a la poesía que rebasa lo personal, porque el año pasado se lo dieron a un gran poeta español, Antonio Gamoneda. Me conmueve este premio en tiempos tan antipoéticos y deshumanos; en este mundo donde las grandes editoriales desdeñan la poesía, no les importa, es una tarea difícil estar peleando subjetivamente contra todo esto que pasa”, dice el poeta a Página/12. “El reconocimiento a la poesía lo vivo como un reconocimiento a un viejísimo amor mío, así que estoy conmovido.”

Tanto García de la Concha como el ministro de Cultura, César Antonio Molina, e incluso el poeta Antonio Gamoneda, Premio Cervantes 2007, destacaron la dura historia personal de Gelman, que nunca le llevó a “abdicar de su compromiso prioritario con la poesía”, según señaló el director de la RAE. La directora del Instituto Cervantes, Carmen Caffarel, dijo que el premio, dotado de 90.450 euros, “supone el reconocimiento a la obra de uno de los grandes poetas hispanoamericanos del último medio siglo”. Caffarel agregó que desde las primeras obras a las últimas, el poeta y periodista “ha bebido en el mejor patrimonio de ambos lados del Atlántico: desde Juan de la Cruz a César Vallejo, pasando por la Generación del ‘27”. El autor de Violín y otros cuestiones, Cólera buey, Los poemas de Sidney West, Salarios del impío, Valer la pena, País que fue será y el más reciente Mundar es el cuarto argentino (los otros fueron Borges, Sabato y Bioy Casares) en recibir el Cervantes. A los 77 años, es uno de los poetas más premiados de su generación. Ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de Poesía (Argentina), el de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, el Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, el Ramón López Velarde y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

“Ayer leí en los diarios de acá que había una cantidad de candidatos de primera fila: Nicanor Parra, Mario Benedetti, Juan Goytisolo, Juan Marsé, José Emilio Pacheco, Blanca Varela. Y cuando vi la lista dije: “Juan, vos no, imposible”. Pero no fue así. Esta mañana me llamó el ministro de Cultura de España para comunicarme la decisión del jurado, y me acaban de llamar Kirchner y Cristina. Néstor me dijo que estaba orgulloso; Cristina, que se enteró cuando llegó a Paraguay, estaba contentísima.”

–¿Por qué creía que no iba a ganar?

–Y, porque todos son nombres de primera fila…

–¿No se considera en la primera fila?

–Yo en el cine siempre me siento atrás (risas).

–¿Qué dirían los muchachos de Villa Crespo al enterarse de que “el pibe Taquito” es premio Cervantes?

–Cuando era joven, les tuve que ocultar bastante tiempo que era poeta. En el barrio si no fumabas, eras maricón, y si escribías poesía, eras raro. Deben de estar contentos.

–¿Habló con su nieta, Macarena?

–Fue la primera que me llamó, salió de su trabajo para hablarme. Estaba apurada, pero me felicitó, estuvimos cambiando bromas. Me dijo: “Te lo merecés”, y le dije que mejor no hablemos de lo que cada uno se merece porque ahí perdemos todos…

Un joven poeta que había nacido en Buenos Aires en 1930 –entonces más conocido como ese “pibe taquito” en los picados que jugaba en Villa Crespo–, tercer hijo de una familia de inmigrantes ucranianos, que aprendió a leer a los tres años, se animó a enunciar en el poema Final lo que sería su principio existencial: “La poesía es una manera de vivir”. En marzo de 1956, Gelman publicaba su primer libro de poesía, Violín y otras cuestiones, prologado nada menos que por Raúl González Tuñón. Su maestro celebraba ese poemario en el que “palpita un lirismo rico y vivaz y un contenido social, pero social bien entendido, que no elude el lujo de la fantasía”. Entre otras virtudes, Tuñón subrayaba “la forma ágil, fresca, variada en tonos y matices”, de un poeta “nacional, porteño, muy nuestro”, que “recién comienza y ya está maduro”. El orgullo que transmite el prologuista se parece al de un padre que se encuentra con un hijo que le dio la poesía. Un hijo que lo sorprende con versos memorables (“Me vio el caballo de la calesita./ Me vio tan solo que se fue conmigo”), con lirismo y combatividad, imaginación y espesor vital, creatividad verbal y desacartonamiento. El año pasado, a cincuenta años de la publicación de Violín y otras cuestiones, se reeditó este libro fundamental para la historia de la poesía argentina. Gelman festejó, además, sus cincuenta años como periodista y fue declarado Embajador Cultural de Buenos Aires. “Guardo por Tuñón una admiración intocable”, señala Gelman. “Además de su gran poesía, una cosa muy impactante era su sencillez; él creía en el trabajo, no en la fama ni en ninguna de esas cosas, y creo que ésa fue la mejor lección que me dejó.”

El poeta argentino más querido y reconocido en el mundo entero ha hilvanado una obra que deshizo y rehízo los modos de poner en juego la lengua, que hurgó en el dolor de las peores pérdidas: su hijo Marcelo y su nuera Claudia, que se encontraba embarazada, fueron secuestrados y asesinados por la dictadura militar. Desde hace más de medio siglo –y con más de treinta títulos publicados–, ha conjugado realismo con intimismo, el compromiso social y político con la experimentación y exploración; avanza, renueva, genera un temblor, un placer único, como si él estuviera cara a cara susurrando sus versos a sus lectores. “La memoria es una cajita que revuelvo sin solución”, escribió Gelman en el poema Desaparecidos, incluido en País que fue será. “Hay tragedias personales sin solución. No crea que me gusta que estén juzgando y metiendo preso al asesino de mi hijo. Me parece importante la justicia, pero no es una reparación. ¿Quién le devuelve a uno un hijo?”, se pregunta Gelman. Cuando celebró sus cincuenta años como periodista, recordó que en otro local de la Utpba velaron los restos de Marcelo. “Cuando partió el cortejo, cayó una lluvia de pétalos de rosas de uno de los edificios. Y esos pétalos siguen cayendo sobre mi vida.”

“Atravesando varias décadas de la poesía argentina, Gelman ha sido para muchos de nosotros una voz indomable y compañera, nunca la de un master, la de un prócer, sino una voz cercana y viva donde hay lugar para cualquier tema que tensa el corazón humano, que sorprende a la mirada y trastrueca a las formas en su afán de decirlo”, advirtió la poeta Diana Bellesi en una columna publicada en Página/12. “Sólo eso parece importarle a Gelman, mientras se mueve en la cuna de una tradición de la lengua y también en su ruptura. Camina allí, en la extraña cornisa de la poesía, donde la herencia letrada y el habla liberta se encuentran de peculiar manera volviendo íntimo todo lo que toca, porque ésa es quizá la verdadera acción revolucionaria de la poesía.”

En esa columna, Bellessi afirmaba que Gelman va adonde es llamado, y no queda preso de su propia plusvalía, de lo que ya ha probado con éxito. “No hay quien enjaule a Juan Gelman, repele las etiquetas con el torrente vivo de la lírica, y por eso siempre es nuevo y sorprendente. Un maestro que no da clases, un protagonista de su época a quien en los ochenta escuché decir, con voz queda: ‘Tenemos que repensar lo que hemos hecho, y lo por venir’. Despojada, libre de todo gesto altisonante, su reflexión se me ofrecía de cara a la historia inmediata y sus luchas sociales, como esa práctica interna que debe ser, fundada en un compromiso ético, cuando se habla desde la pequeña voz del mundo que es la voz de la gente común y de la poesía.”

–¿Los premios le dan mayor confianza en la palabra, en la poesía?

–Mi confianza en la poesía es independiente de los premios, que son un estímulo y un reconocimiento, sin dudas, pero que no sirven para escribir el poema, que es puro trabajo. Supongo que no escribiré ni mejor ni peor ahora que antes porque me gané el Premio Cervantes. La poesía llega cuando ella quiere y no es que yo pueda invocarla o convocarla, porque nadie se sienta a escribir poemas porque quiere o porque se lo propone.

–Aunque hay zonas de mucho humor y ternura, como en Los poemas de Sidney West, se suele definir su poesía como política. ¿Cómo se lleva con esta etiqueta?

–Es lo que pasa con todas las etiquetas, ¿no? Etiquetan un producto y después hay que mirar para ver de qué se trata. Cuando se habla de mi poesía como política pienso que el error está en pensar que vivo conectado a la realidad las 24 horas del día. No todo lo que sucede en el mundo me despierta la necesidad de escribir un poema. Como ciudadano, tengo compromisos y responsabilidades que no tienen que estar necesariamente en la poesía. La ideología de alguien forma parte de su subjetividad, pero no es toda su subjetividad. No me afecta ni en un sentido ni en otro que digan que mi poesía es política. Lo que me importa es mi trabajo como poeta, no me preocupa lo que digan los demás, tienen todo el derecho a opinar. Pero francamente lo único que influye es la lectura de la poesía, y el trabajo de escribirla.

–¿Qué cambió en este trabajo de escribir desde Violín… a Mundar, su último libro? ¿Los temas siguen siendo los mismos?

–Lo que cambiaron fueron cincuenta y un años de vida; por supuesto que la subjetividad cambia y eso seguramente se traduce en la poesía. Octavio Paz lo dijo muy bien: “La biografía de un poeta está en su obra”, por eso no hay que creérsela. Para mí la poesía sigue siendo un goce con todos los asuntos que siempre me andan rondando: la infancia, el amor, la justicia social, la muerte. Mis obsesiones no son muchas, pero convivo muy bien con ellas y se han vuelto muy amigas mías.

–¿Escribe todos los días?

–No, la señora no te visita todos los días, tiene muchos pretendientes (risas).

Por Silvina Friera
Publicado en Página12

A %d blogueros les gusta esto: