Juan Gelman: poesía y memoria

feb 08

por Alejandro Montesino / El Mostrador

A fines de 1999, uno de los poetas mayores de América Latina se trenzó en una ácida polémica con el presidente uruguayo Julio María Sanguinetti. Tocado por la violencia estatal que arrasó Argentina, Gelman interroga a la historia y a la poesía con el mismo vigor.

los soles solan y los mares maran los farmacéuticos especifican dictan bellas recetas para el pasmo se desayunan en su gran centímetro a mí me toca gelmanear (…)

(de “Héroes”, en Cólera buey, La Habana, 1965)

Gelmanear ha sido el oficio de Juan Gelman desde que nació a la letra impresa a los 11 años, con un poema publicado en la revista porteña Rojo y negro; o, para contar desde su fecha de bautismo, desde que publicó Violín y otras cuestiones, en 1956, con prólogo de un notable padrino: Raúl González Tuñón. Gelmanear: sustantivizar los verbos, verbalizar los sustantivos, descoyuntar la sintaxis, modificar los géneros, traducirse a sí mismo del inglés, dialogar con san Juan de la Cruz, santa Teresa y Homero Manzi, escribir en sefardí, manipular los hechos y las relaciones que parecen definidos de una vez y para siempre para hacer preguntas que destellan un segundo en la página: “¿Y si Dios moviera sus pechos dulcemente? dijo / ¿Y si Dios fuera una mujer?” (“Preguntas”, en Hechos y relaciones, Barcelona, 1980).

Gelmanear ha sido, también, sostener durante dos décadas una voz que pregunta por los pormenores de la barbarie. Gelman fue tocado por el horror el 26 de agosto de 1976, cuando un comando del ejército argentino secuestró a su hijo, Marcelo, y a su nuera, María Claudia García Irureta Goyena, embarazada de siete meses. Los restos de Marcelo Gelman fueron encontrados 13 años después, dentro de un tambor de 200 litros lleno de cemento y arena que los militares arrojaron al río San Fernando.

Tras mucho investigar, Gelman llegó a la convicción de que su nieto o nieta (nunca ha podido confirmarlo: un funcionario del vaticano le mostró en Roma un telegrama que decía “a child is born”) había nacido en cautiverio en Uruguay. Tras una gestión infructuosa con el gobierno uruguayo, dirigió una carta abierta al Presidente Julio María Sanguinetti, el 10 de octubre de 1999. La carta, que pronto consiguió el apoyo de artistas y escritores como José Saramago, Darío Fo, Eduardo Galeano, Gonzalo Rojas, Joan Manuel Serrat y Fito Páez, entre otros, cayó como una bomba en medio de la campaña electoral uruguaya, la primera en la que la izquierda del Frente Amplio tenía opción para triunfar en las urnas. Se originó así un intercambio de imputaciones mutuas que da buena cuenta de las limitaciones de la democracia en el cono sur y de aquello que solía llamarse “coraje civil”, encarnado en este caso en un poeta que está a punto de cumplir 70 años.

Pushkin en ruso

Juan Gelman nació en el barrio bonaerense de Villa Crespo en 1930, hijo de inmigrantes ucranianos. Su padre había participado en la revolución rusa de 1905, había llegado a Argentina en 1914 y regresó a su patria tras el triunfo bolchevique: lo que vio, ha recordado Gelman, “no le gustó nada”. Fue entonces cuando decidió radicarse definitivamente en el Río de la Plata, y por eso Juan es “el único argentino de la familia”. Su hermano mayor llegó con 17 años, y cuando él era un niño, le recitaba, en ruso, poemas de Alexandr Pushkin. Gelman, claro, no entendía nada, pero la musicalidad de la lengua se quedó con él, y a ella se superpuso, después, el ritmo del habla porteña.

La poesía fue, en principio, un oficio secreto. Si en uno de sus poemas ha dicho que no podía regalarle a su novia un “costurero grande / de raso pajizo” porque “eso es de maricón en mi ciudad”, algo similar ocurría con los versos. El secreto, en cualquier caso, los hacía más interesantes. Ello no impidió que enviara aquel poema inaugural a una revista que publicaba sobre todo historietas y relatos de aventuras, pero que tenía una sección llamada “los espontáneos”, donde se recogían colaboraciones como esa.

Más tarde vino el debut con todas las de la ley: al prólogo entusiasta de González Tuñón siguió una acogida crítica que lo instaló rápidamente a la cabeza de los poetas de su generación.

Tras Violín y otras cuestiones vinieron El juego en que andamos (1959), Velorio del solo (1961) y Gotán (1962), publicado por la mítica editorial La Rosa Blindada. A esas alturas, las influencias -siempre reconocidas- de César Vallejo y del propio González Tuñón (en una suerte de discreto segundo plano) habían cristalizado en una voz propia caracterizada por lo que Jorge Boccanera ha descrito como “predominio del coloquialismo, las formas libres, el lenguaje narrativo, la actitud dialogista, la apelación a la ironía, la utilización del collage (…), la atención a la historia”.

Gotán, en efecto, está cruzado por las convulsiones latinoamericanas de la época; así, por ejemplo, en “Camilo Cienfuegos”: “el sastre dulce cose los retazos del dolor y el amor / su tarea está lejos / un día volverá / la gente se besará de pronto contra la soledad de mis huesos”. Pero también por la ternura de Gelman, su manera particular de dar voz a lo que él llama los animales del amor: “Esa mujer se parecía a la palabra nunca, / desde la nuca le subía un encanto particular, / una especie de olvido donde guardar los ojos, / esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo” (“Gotán”).

La poesía misma

El impacto de la revolución cubana sacó a Gelman del Partido Comunista argentino, de donde pasó a las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), que en 1973 convergerían, junto a otras organizaciones, en el movimiento peronista Montoneros. Su poesía, que conoció los sacudones de la lucha política, no fue, sin embargo, devorada por ella. Gelman ha criticado acerbamente lo que él llama “la maquinita”, que ejemplifica con la inusual productividad del Neruda de las Odas elementales. Y gusta de citar una anécdota atribuida a Paul Eluard, quien durante la guerra de Corea se negó amablemente a confeccionar poemas por encargo, arguyendo que éstos nacían “cuando la circunstancia exterior coincide con la circunstancia del corazón”.

El principal tema de la poesía, ha dicho Gelman, es la poesía misma: “Mire -dijo al bonaerense diario La Nación en 1997, cuando recibió el Premio Nacional de Poesía de su país-, yo odio ese término que inventaron los franceses, la poesía comprometida. Yo creo en la poesía casada: casada con la poesía”.

Ese matrimonio con la poesía (pero también con la realidad), tan vallejeano, estalla en los poemas reunidos bajo el título genérico de Cólera buey, cuya edición definitiva aparece en Buenos Aires en 1971. Allí, Gelman publica una serie de “traducciones”: “Los poemas de John Wendell”, “Los poemas de dom Pero” (atribuidos por Wendell a dom Pero Gonçalvez), “Los poemas de Yamanokuchi Ando”. “Inventé terceros -dirá más tarde- y los publiqué de esa manera, en parte porque constituyen así una provocación a las tendencias populistas en boga, que suponen que una poesía es nacional -o no- si menciona -o no- los sitios y las anécdotas de la nación. Esas corrientes no advierten que una poesía nacional no es cuestión de voluntad y mucho menos de exterioridad. Es una cuestión de idioma, y el idioma es una manera de entender el mundo y aun de enfrentarlo y padecerlo”.

Más tarde surgirán los poemas de Sidney West e incluso un par de heterónimos en toda regla: José Galván y Julio Grecco. De Galván es el epígrafe que, instalado al principio de Relaciones (Buenos Aires, 1973, reeditado en Hechos y relaciones, Barcelona, 1980), opera como síntesis de la poética de Gelman: “Hay que hundir las palabras en la realidad hasta hacerlas delirar como ella”.

Guerra, exilio y memoria

Los años 70 trajeron la guerra sucia. Gelman, integrado a Montoneros en 1973, y combinando la escritura con la militancia y el periodismo -ofició como jefe de redacción de la revista Panorama, editor del suplemento cultural de La Opinión junto a Osvaldo Soriano, y secretario de redacción de la revista Crisis-, fue encarando poco a poco las realidades de la represión. Eduardo Galeano, que también trabajaba en Crisis, recuerda en Días y noches de amor y de guerra cómo Gelman llegó un día de abril de 1975 a la redacción de la revista con un paquete envuelto en papel de diario y le dijo: “Cuidame las pertenencias”. Era el comienzo de un exilio que se prolongaría hasta marzo de 1988, bien entrada la democracia alfonsinista: Gelman, desde 1983 en adelante, no pudo volver a Argentina debido a un proceso en su contra que lo sindicaba como integrante de la jefatura de Montoneros.

Lo cierto es que Gelman abandona el país amenazado de muerte por la Alianza Anticomunista Argentina (la Triple A) y para hacer labores de solidaridad en Europa, cuando la deriva del movimiento peronista había desatado una situación política insostenible: mientras las organizaciones armadas se fortalecían, Perón se inclinaba a la derecha, y a su muerte el hombre fuerte pasa a ser el ministro López Rega, jefe de la Triple A. En ese contexto, con los asesinatos de derecha a la orden del día, Montoneros pasa a la clandestinidad, “dejando con el culo al aire”, en palabras de Gelman, a los militantes de base y, también, iniciando su propia política de exterminio, para “contrabalancear” a la ultraderecha.

En Roma, Gelman trabaja para la agencia IPS, y forma parte de una organización “de fachada” llamada Consejo Superior del Movimiento Peronista Montonero. Hacia 1978, cuando la organización decide llevar a cabo una “contraofensiva militar” (algo así como la contemporánea “operación retorno” del MIR chileno), subestimando el poder de fuego de la dictadura, Gelman junto a otros militantes rompe con el movimiento: “Creo que nuestra ruptura ayudó a que muchos compañeros no se plegaran a esa locura. Ayudó a evitar la muerte de otros centenares de compañeros”, dijo Gelman en Contraderrota, libro de entrevistas con Roberto Mero en que analiza el camino que llevó al movimiento popular argentino al despeñadero.

A esas alturas, Gelman no sólo había perdido a su hijo, a su nuera y a su nieto o nieta, sino que numerosos amigos que desaparecieron o fueron asesinados en diversas circunstancias: el narrador Haroldo Conti, el poeta Paco Urondo, el periodista y escritor Rodolfo Walsh, secuestrado el 24 de marzo de 1977 después de despachar a los medios de comunicación una Carta abierta a la Junta Militar en la que enumeraba los crímenes cometidos en el corto año de su reinado hasta la fecha.

Todos ellos aparecen con ferocidad entrañable en los libros que Gelman publicó en el exilio: Hechos y relaciones (“duerme hijo mío duerme entre sábanas de grappa / aún te abrigaré con toda la botella”); Si dulcemente (“dónde queda el país donde todos se reúnen? / ¿atrás / adelante / abajo / arriba / queda ese país? / por ahora en la muerte todos se reúnen”); Citas y comentarios, dedicado “a mi país”; y más tarde Eso, Hacia el sur; Com/posiciones.

Duro crítico de las transiciones del cono sur, el poeta, que reside hoy en México junto a su mujer, Mara La Madrid (con quien publicó Ni el flaco perdón de Dios, que recoge los testimonios de hijos de desaparecidos), ha utilizado la tribuna del diario argentino Página 12 para lanzar dardos de papel contra quienes saben y callan, o no saben ni quieren saber, lo que realmente ocurrió en los campos de exterminio de las dictaduras coordinadas a través de la operación Cóndor. En mayo de 1999, gracias a una carta abierta al comandante en jefe del ejército argentino Martín Balza, logró voltear al general Jorge Eduardo Cabanillas, jefe del segundo cuerpo del ejército con asiento en Rosario, que estuvo a cargo del centro de detención desde donde su nuera fue trasladada a Uruguay. Desde allí también escribió a Julio María Sanguinetti, como para recordarle que memoria y poesía no sólo son inseparables, sino que “la poesía es memoria de la sombra de la memoria”.

Juan Gelman nació en el barrio bonaerense de Villa Crespo en 1930, hijo de inmigrantes ucranianos. Su padre había participado en la revolución rusa de 1905, había llegado a Argentina en 1914 y regresó a su patria tras el triunfo bolchevique: lo que vio, ha recordado Gelman, “no le gustó nada”.

El principal tema de la poesía, ha dicho Gelman, es la poesía misma: “Mire -dijo al bonaerense diario La Nación en 1997, cuando recibió el Premio Nacional de Poesía de su país-, yo odio ese término que inventaron los franceses, la poesía comprometida. Yo creo en la poesía casada: casada con la poesía”.

Duro crítico de las transiciones del cono sur, el poeta, que reside hoy en México junto a su mujer, Mara La Madrid, ha utilizado la tribuna del diario argentino Página 12 para lanzar dardos de papel contra quienes saben y callan, o no saben ni quieren saber, lo que realmente ocurrió en los campos de exterminio de las dictaduras coordinadas a través de la operación Cóndor.

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