La noticia me trae el recuerdo de aquellas lecturas de los setenta. De las ediciones dirigidas años antes por Carlos Alberto Brocato y José Luis Mangieri (Colección de Poesía La Rosa Blindada) publicada en los sesenta y que yo conocería después. Con tapa, por supuesto, de Carlos Gorriarena. Los libros que vendrían, la posibilidad de saludar y de conocer al poeta por circunstancias diversas, nunca con una relación intensa, pero siempre con admiración y afecto. Las obras posteriores, su vuelta a la Argentina, las lecturas y los libros imprescindibles: Cólera Buey, Velorio del solo. Y los que seguirían Com/posiciones, Carta a mi madre, Valer la pena… Mundar y el último Hoy, que presentó en la Biblioteca Nacional el año pasado. Tuve la fortuna de estar entre el público aquella tarde de agosto, si no me equivoco. El lujo y el goce de escuchar una voz inconfundible y una manera inigualable para decir la propia voz. La del desgarro, la de la pasión, la del guiño y la ironía, la esperanza y la fuerza inclaudicable. Se sentía la vibración de un público que reconocía a “su poeta”, el que había estado en el exilio, con demasiados años para poder volver, el que vibraba en su propia voz acompañada por su propia historia, poética y personal, dramática e intensamente vivida. El que había marcado a las siguientes generaciones de poetas de manera que como un amigo decía “no sé si tiene conciencia de su importancia entre nosotros”. Era Juan Gelman otra vez entre nosotros. Lo vi tan avejentado como apasionado, tan el de siempre como nuevo. Presentaba un libro cuyo título marcaba toda una permanencia y una gran memoria: Hoy.

Salí de la Biblioteca Nacional lleno de voces, las anteriores (hizo un recorrido generoso por sus poemas de siempre) y por las nuevas. Demostrando su indeclinable permanencia. Llegué a casa y le dediqué un pequeño texto, que no hacía más que recoger sus propias palabras y devolvérselas con el afecto y gratitud. Aquello decía:

“juan

Ese poeta se parece a la palabra siempre. Desde su letra salen voces, como memorias donde guardar los rostros. Está instalado en todos los costados, podemos pasar la vida tendidos en su canto. Moverá nuestras bocas y por siempre cantará en los violines, los solos, los muertitos de la patria”.

Por Alejandro Archain para Página12

A %d blogueros les gusta esto: