Querido juan, has muerto finalmente, decía el poema de Gotán en 1962. Pero la muerte ignoró la discreción del que escribía su nombre con minúscula. Y, sin duda seducida por la pinta del varón, visitó a Gelman desde entonces, con asiduidad. Lo primero que hizo –para marcarle la cancha, obvio– fue robarle el adverbio. Se encanutó el finalmente durante medio siglo, mientras a su alrededor todas / todos / todo parecía caer para ya no levantarse. Pero Gelman perseveró. Hay ciertas cosas (por ejemplo, una palabra) que bien valen la espera de toda una vida.

Pocas personas más familiarizadas con la muerte que Gelman. Y sin embargo, cuando llegó la suya –finalmente– pegó como un rayo. En la confusión del que se recuesta contra las cuerdas, la noción a la que me aferro es simple: Gelman como el paradigma de la experiencia argentina del último siglo. Piénsenlo. El origen en la familia inmigrante. La asunción de la naturaleza contradictoria de nuestro país, en su condición bifronte de poeta / periodista. El proceso de acercamiento al peronismo que tantos siguen hallando inexplicable, ¡cuando es tan simple! El dolor interminable de la madre que se le murió cuando estaba exiliado, tan lejos a la fuerza, y de los hijos que le mataron cuando los tenía tan cerca. La búsqueda inclaudicable de justicia. (Hay cosas que valen la pena la espera de una vida.) Y la flor que el agua devuelve después de haberse llevado todo, en la piel de su nieta Macarena. A esa altura la muerte se había rendido: lo había desvalijado y Gelman seguía poemando, con la capacidad de indignarse todavía intacta. (¡Cómo voy a extrañar sus contratapas!) No se puede decir que haya engañado a nadie: aquellos versos del ’62 avisaban ya que su rabia era inmortal.

Este país-Saturno ama quebrar a sus hijos, para después zampárselos. Pero Gelman, que había sufrido lo que no sufrieron nunca los que nos entregaron por treinta dineros, no se rompió nunca. Cuando pienso en él, la palabra que no pierde sabor por mucho que la mastique es dignidad. Linda palabra. Una figurita difícil que hacía parecer fácil, porque la vestía como si se la hubiesen cortado a medida. Y aunque su voz se llenó de cenizas y el rostro se le volvió un mascarón de proa tallado por el infortunio, no perdió la elegancia. Hasta que la muerte entendió que no aceptaría sus términos y, vencida, le regaló su finalmente.

Alguna vez contó que había empezado a escribir poesía, como tantos otros, para enamorar a una chica, y que esta piba lo había dejado pagando (¡como él a la muerte!), pero que en la transacción había conservado la poesía. Me pregunto si, de igual modo, la experiencia argentina que nos tocó vivir no habrá valido la pena. Porque nos quitó tantas cosas, que parece que no mereciésemos ni el flaco perdón de Dios; pero –mirá vos, cómo son las cosas– nos dejó a Gelman, el flaco de la dignidad inmortal. Y eso no es, ni será nunca, poca cosa.

por Marcelo Figueras Escritor y guionista para Página12

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