La campaña mediático-política que precedió a la intervención militar en Afganistán, promovida por EE.UU. y sus aliados de la OTAN, se basó en un hecho cierto: el sometimiento que la mujer afgana padecía bajo el régimen talibán. Fotos y más fotos de mujeres con velo y denuncias ad hoc abundaron en la prensa occidental y Washington prometía llevar la libertad, la democracia y el respeto a los derechos de la mujer a un país que sufría esas carencias, entre otras. Nada ha cambiado en cinco años de ocupación. El presidente Hamid Karzai, siempre envuelto en togas elegantes, siempre recibido con calor en la Casa Blanca, acaba de restablecer el Departamento de Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio que fue bajo los talibanes el actor de toda clase de atropellos, en particular contra las mujeres del país. W. Bush persigue al fundamentalismo islámico que le es hostil, pero apoya al que le resulta amigo.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Mujer (Unifem, por sus siglas en inglés) realizó una encuesta reveladora: el 65 por ciento de las miles de viudas que viven en Kabul considera que el suicidio es el único camino que les queda para salir de sus miserias. En efecto, se han suicidado centenares en el lustro que dura la ocupación y no faltan las razones. Al rigor de la ley islámica se suma la falta de hospitales: la tasa de mortalidad materna se eleva de 1600 a 1900 mujeres de cada 100.000 parturientas, la más alta del planeta. La mayoría sigue sufriendo violencias mentales y sexuales dentro y fuera del hogar. El informe del Unifem registra que el promedio de vida de la mujer afgana es 20 años menor que en otras partes del mundo, pero ahora no proliferan sus fotos en los periódicos occidentales: Karzai es un camarada en la lucha contra el terrorismo. Lástima que su gabinete esté formado por señores de la guerra y ex jefes talibanes igualmente terroristas.

Afganistán “democrático” se ha convertido en un narco-Estado, produce el 92 por ciento del opio que se consume a escala mundial y el señor de la guerra y general Mohammed Daoud, conocido narcotraficante, casualmente ocupa el cargo de viceministro del Interior encargado del combate al narcotráfico. No hay noticias de los resultados que obtiene en esa lucha porque no hay resultados. Los narcos continúan sus negocios en paz y hasta financian operaciones de la CIA. Las elecciones parlamentarias del 18 de septiembre del 2005 fueron acuñadas por el fraude, la corrupción y la violencia a punta de pistola, y señores de la guerra y otros integristas ocupan los escaños del nuevo Parlamento, el primero “elegido” en las urnas en 33 años. Para W. Bush, fueron “un paso importante en el desarrollo de Afganistán como Estado democrático gobernado por el imperio del derecho” (usainfo.state.gov., 18-9-05). Qué tal.

Lo que impera en Afganistán no es el derecho, sino la violencia directa y la indirecta. Pese a la presencia de más de 6000 efectivos de la fuerza de paz de la ONU estacionados en Kabul y otras ciudades, la plena luz del día presencia secuestros de extranjeros y miembros de las ONG. Según las Naciones Unidas, 700 niños y mujeres mayores mueren cada día por la falta de servicios de la salud, de comida, de electricidad, de agua. Pero Karzai acaba de nombrar a 13 ex comandantes de señores de la guerra vinculados con el narcotráfico en altos cargos de la policía. Su flor preferida es la amapola.

Léase esta realidad de un día cualquiera en el país ocupado que narra Zoya, miembro de la Asociación Revolucionaria de Mujeres de Afganistán (RAWA, por sus siglas en inglés) que se fundó en 1979, poco después de la entrada de tropas soviéticas, para defender los derechos básicos de la mujer: “Hombres armados de la ‘Alianza del Norte’ (frente de grupos fundamentalistas que apoya a Karzai) violaron a Fátima, adolescente de 14 años, y a su madre, a Rahima de 11 años y a su abuela de 60. Amina, de 30 años, fue apedreada hasta morir; la pequeña Saima, de 9 años, fue torturada y sacrificada por su padre violento; Gulbart murió quemada por un marido brutal porque se negaba a volver con él; la famosa poeta Nadia Anjuman fue también víctima de la violencia de su esposo porque él y otros cuentan con el apoyo de los misóginos señores de la guerra de la ‘Alianza del Norte’. El esposo de Anjuman sabe que no será juzgado por su crimen” (www.zmag.org, 11-10-06).

La guerra en Afganistán había desaparecido de los medios tapada por la de Irak, la invasión israelí del Líbano, las amenazas de atacar a Irán reiteradas por la Casa Blanca, el ensayo nuclear de Corea del Norte. Ha regresado ahora porque, como bien señala Human Rights Watch, “los talibanes y otros grupos de oposición han ganado apoyo popular en razón de que el gobierno afgano fracasó en proporcionar seguridad y desarrollo, y han usado la presencia en éste de señores de la guerra para desacreditar al presidente Karzai y a sus aliados internacionales” (www.hrw.org, 27-9-06). Los bolsillos de esos señores engordaron con una muy buena parte de los 12.000 millones de dólares de ayuda internacional destinados a la reconstrucción del país. Qué importa eso a la Casa Blanca: Afganistán forma parte de su proyecto imperial. Y basta leer el relato de Zoya para conocer la naturaleza de la libertad y la democracia que W. Bush llevó al castigado país.

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